"Yo no se nada de la historia: Pero se que hasta hoy no se ha escrito la historia desde el punto de vista del hombre de la calle, del pueblo, del lector. Y ése será mi punto de vista"
G.K CHESTERTON

viernes, 6 de marzo de 2026

Finge

Cómo con tantos otros asuntos, si no tienes que dar excusas, finge que no sabes. Igual que hacen todos los demás. 

lunes, 23 de febrero de 2026

sábado, 21 de febrero de 2026

Que te parece

Que te parece  si hablamos del clima, de las pinturas de Magritte y de cual es la mejor música para oir en los días de lluvia 

jueves, 19 de febrero de 2026

El arte y su propósito

El propósito del arte yace en engañar a la gente para que crea que la vida es algo que vale la pena vivir 

domingo, 15 de febrero de 2026

Crónicas de un Desierto con Balón

Mi Comarca Lagunera, ese rincón árido donde el sol castiga como un defensa implacable y el polvo se mete en los pulmones como goles en contra. En esta tierra de espejismos y esperanzas secas, uno se apega a su equipo de fútbol como a un viejo sombrero que ya no protege del calor. Figúrense: en este 2026, con la temporada apenas despegando como un avión con turbulencias, ya acumulan cinco derrotas y un empate que sabe a limosna, sin una sola victoria que alumbre el camino. Último lugar en la tabla general, como un náufrago en el fondo del océano, mirando hacia arriba con envidia a los que flotan. Es triste, pinche sea, pero de una tristeza chusca, como un mariachi tocando en un funeral equivocado.

Pienso en esas noches en Torreón, donde el estadio se hincha de aficionados que llegan con la devoción de un santo local, solo para irse con el corazón hecho arena. El equipo, ese eterno soñador del desierto y que y hace mucho otorgo glorias, entra al campo con la pose de un vaquero en duelo, pero termina disparando al aire mientras el rival anota a placer. Cinco perdidos, un empatado: es como jugar al póker con cartas marcadas en contra. ¿Será el karma de la Laguna, ese lago fantasma que promete agua y da sal? O quizás la ironía del fútbol mexicano, donde los presupuestos millonarios aplastan a los quijotes del norte. Uno se ríe para no maldecir, viendo cómo el arquero parece un espantapájaros y los atacantes corren como pollos sin cabeza.

Pero detengámonos a reflexionar: en esta farsa balompédica hay una lección envuelta en humor negro. Ser hincha en la Comarca es un arte de la resiliencia, como cultivar algodón en dunas movedizas. Cada derrota nos recuerda la fragilidad de la gloria y la añoranza por aquellas tardes de glora que ya nunca volveran. Me hace cavilar sobre cómo el fútbol refleja la vida lagunera, con sus sequías prolongadas y lluvias esporádicas. ¿Por qué sufrir tanto por veintidós piernas persiguiendo una esfera? Porque en el último lugar de la tabla hay una poesía cruda, una invitación a la humildad. Ríes para no llorar: el técnico promete cambios, los jugadores juran entrega, y el desierto se burla con su viento eterno.

Al cabo, amar a este equipo es abrazar lo improbable. Cinco derrotas, un empate, sótano de la liga: un panorama que duele como espina de nopal, pero que templa el espíritu mal trecho por los ultimos años. Como en las crónicas de la frontera, no hay triunfo sin polvo en la garganta. Sigamos, entonces, en esta tragicomedia del esférico, porque sin ella, la Laguna sería solo un desierto más silencioso.

viernes, 13 de febrero de 2026

El día que la escritura se fue al carajo...y volvió, pinche sea...

Ah, la escritura, esa puta caprichosa que te deja tirado en la cuneta como un cigarro apagado a medias, con el humo aún flotando en el aire cargado de promesas rotas. Me acuerdo de ese día, o de esa ristra de días que se enredaron como cables viejos en el fondo de un cajón, cuando decidí –o mejor dicho, cuando la jodida madurez me obligó– a mandarlo todo al carajo. Basta de cazar sombras en frases a medio hacer, basta de creer que cada maldita palabra era un clavo en el ataúd de la mediocridad. Me perdí en la distancia, como bien dices. O como lo digo yo ahora, en esta reflexión que apesta a tequila barato y a sarcasmo reciclado de las calles de Saltillo.

Era un martes de mierda, de esos que no valen ni para un epígrafe en el gran libro de la nada. Me levanté con el sol clavándose en las cortinas raídas de mi casa al norte de la ciudad, ese caserón amplio en las afueras donde el silencio es más fiel que los socios en un negocio fallido, una vida desahogada con chequera holgada pero aburrida como un domingo eterno en el desierto. Miré la laptop, esa chingadera dormida sobre el escritorio, con una capa de polvo como lápida de sueños olvidados. "Hoy no, cabrón", me dije, con esa falsa bravura que uno se inyecta para no confesar la rendición. Y así, sin fanfarrias ni adioses, dejé de escribir. Se perdió en la distancia, como un taxi que se aleja pitando en la niebla del tráfico, llevándose mis delirios de historias que nunca saldrían del cajón. ¿Historias? Ja, qué palabra tan ridícula para lo que era: un pasatiempo de fin de semana, garabatos que soltaba después de dar talleres, nada serio, solo un escape de la rueda de ser consultor en temas ambientales y capacitación en seguridad industrial, ese tipo que andaba de planta en planta, asesorando a supervisores con cascos sucios y libretas llenas de pendientes que nunca terminan

Los días que siguieron fueron un desfile de absurdos cotidianos. Me transformé en un fantasma de mí mismo, deambulando por plantas manufactureras donde impartía sesiones sobre leyes ambientales y simulacros de emergencia –¿quién coño necesita más charlas sobre reciclaje en este desierto industrial?– y fingía entusiasmo en reuniones sobre el pinche clima. "Hace un calor de la chingada, ¿no?", soltaba algún supervisor, y yo asentía, imaginando cómo esa pendejada sería el diálogo perfecto para un personaje de relleno en un cuento que nunca vería la luz. La melancolía se aposentaba como un borracho en el sofá, pesada en el esternón, recordándome que sin las palabras era solo un tipo más en la carretera hacia Piedras Negras, comprando tacos que sabían a fracaso, rodeado de lujos que no llenaban el vacío de una rutina plácida pero hueca. Me perdía en la distancia, claro: en los atascos de la mañana por la avenida principal, en las noticias de la radio que tragaba como un yonqui, en las noches de desvelo donde el silencio me murmuraba que tal vez, solo tal vez, la madurez me había alcanzado, o quizás fue esa crisis de los cuarenta que te hace priorizar el cheque sobre el capricho literario.

Pero la ironía, ay, la bendita ironía, es que la escritura no se larga para siempre. Se agazapa, como un gato de callejón que sabe que volverás con el plato de sobras. Pasaron meses –¿o años? El tiempo se deshace cuando no lo atas con oraciones– y una mañana, así nomás, como el sol saliendo sobre los techos de zinc, me hallé sentado otra vez. No fue una revelación grandiosa, no. Nada de luces celestiales ni musas bajando en helicóptero. Solo el sol filtrándose por las mismas cortinas raídas, alumbrando el teclado mugriento de la laptop. Mis dedos, traidores hijos de puta, empezaron a bailar solos. Una palabra, otra, y de pronto un párrafo brotó como si nunca se hubiera ido. "¿Ves? No era para tanto", me reí solo, con esa carcajada vacía que camufla el alivio puro.