"Yo no se nada de la historia: Pero se que hasta hoy no se ha escrito la historia desde el punto de vista del hombre de la calle, del pueblo, del lector. Y ése será mi punto de vista"
G.K CHESTERTON

viernes, 13 de febrero de 2026

El día que la escritura se fue al carajo...y volvió, pinche sea...

Ah, la escritura, esa puta caprichosa que te deja tirado en la cuneta como un cigarro apagado a medias, con el humo aún flotando en el aire cargado de promesas rotas. Me acuerdo de ese día, o de esa ristra de días que se enredaron como cables viejos en el fondo de un cajón, cuando decidí –o mejor dicho, cuando la jodida madurez me obligó– a mandarlo todo al carajo. Basta de cazar sombras en frases a medio hacer, basta de creer que cada maldita palabra era un clavo en el ataúd de la mediocridad. Me perdí en la distancia, como bien dices. O como lo digo yo ahora, en esta reflexión que apesta a tequila barato y a sarcasmo reciclado de las calles de Saltillo.

Era un martes de mierda, de esos que no valen ni para un epígrafe en el gran libro de la nada. Me levanté con el sol clavándose en las cortinas raídas de mi casa al norte de la ciudad, ese caserón amplio en las afueras donde el silencio es más fiel que los socios en un negocio fallido, una vida desahogada con chequera holgada pero aburrida como un domingo eterno en el desierto. Miré la laptop, esa chingadera dormida sobre el escritorio, con una capa de polvo como lápida de sueños olvidados. "Hoy no, cabrón", me dije, con esa falsa bravura que uno se inyecta para no confesar la rendición. Y así, sin fanfarrias ni adioses, dejé de escribir. Se perdió en la distancia, como un taxi que se aleja pitando en la niebla del tráfico, llevándose mis delirios de historias que nunca saldrían del cajón. ¿Historias? Ja, qué palabra tan ridícula para lo que era: un pasatiempo de fin de semana, garabatos que soltaba después de dar talleres, nada serio, solo un escape de la rueda de ser consultor en temas ambientales y capacitación en seguridad industrial, ese tipo que andaba de planta en planta, asesorando a supervisores con cascos sucios y libretas llenas de pendientes que nunca terminan

Los días que siguieron fueron un desfile de absurdos cotidianos. Me transformé en un fantasma de mí mismo, deambulando por plantas manufactureras donde impartía sesiones sobre leyes ambientales y simulacros de emergencia –¿quién coño necesita más charlas sobre reciclaje en este desierto industrial?– y fingía entusiasmo en reuniones sobre el pinche clima. "Hace un calor de la chingada, ¿no?", soltaba algún supervisor, y yo asentía, imaginando cómo esa pendejada sería el diálogo perfecto para un personaje de relleno en un cuento que nunca vería la luz. La melancolía se aposentaba como un borracho en el sofá, pesada en el esternón, recordándome que sin las palabras era solo un tipo más en la carretera hacia Piedras Negras, comprando tacos que sabían a fracaso, rodeado de lujos que no llenaban el vacío de una rutina plácida pero hueca. Me perdía en la distancia, claro: en los atascos de la mañana por la avenida principal, en las noticias de la radio que tragaba como un yonqui, en las noches de desvelo donde el silencio me murmuraba que tal vez, solo tal vez, la madurez me había alcanzado, o quizás fue esa crisis de los cuarenta que te hace priorizar el cheque sobre el capricho literario.

Pero la ironía, ay, la bendita ironía, es que la escritura no se larga para siempre. Se agazapa, como un gato de callejón que sabe que volverás con el plato de sobras. Pasaron meses –¿o años? El tiempo se deshace cuando no lo atas con oraciones– y una mañana, así nomás, como el sol saliendo sobre los techos de zinc, me hallé sentado otra vez. No fue una revelación grandiosa, no. Nada de luces celestiales ni musas bajando en helicóptero. Solo el sol filtrándose por las mismas cortinas raídas, alumbrando el teclado mugriento de la laptop. Mis dedos, traidores hijos de puta, empezaron a bailar solos. Una palabra, otra, y de pronto un párrafo brotó como si nunca se hubiera ido. "¿Ves? No era para tanto", me reí solo, con esa carcajada vacía que camufla el alivio puro.

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