Siempre quise fotografiar a esa chica. Desnuda, por supuesto, que es como me gustaba y solía verla entonces. Y aunque sería agradable, no la recuerdo andando por la casa como en su hábitat acuático, sino siempre a mi lado, o encima mío, o frente a mí. Cual si su desnudez fuera, más que para mis ojos, para mi tacto. Como una cerveza fría de la que no recuerdas, no sabes que camino hizo hasta tu mesa, pero sí que la tuviste ahí, rodeándola con una mano, mirándose sudar el uno al otro. Quizá por eso nunca hice aquellas fotos…
Si lo pienso ahora, yo no buscaba-por ejemplo- la imagen de su sexo desnudo en la butaca, con su savia escurriendo como telarañas (si esto fuera una película criticaría el efecto desbordado), sino la instantánea de aquel cine semivacío visto desde su entrepierna…
Sospecho que lo mejor hubiera sido, volviendo al punto, recurrir a un tercer ojo, o a una cámara escondida-a un Voyeur-, que la mirara a ella, que nos mirara juntos, para de algún modo entregarnos al registro divino de nuestras fechorías.
Así debía ser Dios, así su mirada, y su reino un lugar-o, por ejemplo, un libro-donde puedas volver, al menos un instante, a todas las mujeres que has perdido.
Miguel Gaona
Apuntes de un Voyeur/ Ignacio Valdez.
domingo, 16 de enero de 2011
Voyeur
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