"Yo no se nada de la historia: Pero se que hasta hoy no se ha escrito la historia desde el punto de vista del hombre de la calle, del pueblo, del lector. Y ése será mi punto de vista"
G.K CHESTERTON

viernes, 1 de abril de 2011

Ahí esta, la Puerta

Ahí esta la puerta, es grande con marcos de aluminio y casi en su totalidad de vidrio opaco, manchado con el vaho estampado de tantas esperanzas respiradas, de tantos suspiros que aun no han encontrado respuesta.


Ahí empiezan las filas interminables, el acomodo casi matemático de todos quienes entran con el anhelo de volver a estar bien, sanos; ahí están esas filas que recorren casi todos los pasillos. Filas llenas de aquellos que ya no alcanzaron un lugar en aquellas sillas metálicas que en la década de los noventa se popularizaron más por su estética-y bajo costo-que por su comodidad. Recepción, Archivo, Emergencias, Rayos X, Traumatología se alcanza a leer en manchados letreros colocados a los bordes de aquellas paredes de tablaroca o pared “hechiza” que dan esa sensación de una ingeniería social, económica, producto de un gobierno post-revolucionario en pleno siglo veintiuno.


La gente espera, se miran, se respiran, se escuchan, se consuelan. Algunos sin conocerse siquiera se alientan y motivan; Parados, sentados en las sillas ya descritas, otros en el piso hojean periódicos baratos que solo recalcan la podredumbre que la sociedad escupe a borbotones. La espera es larga; la espera se traduce en un mar de recuerdos de aquellos que buscan como salir de aquel lugar cuanto antes; recuerdos y suposiciones de una vida que no fue se entrelazan en cada centímetro cuadrado de ese piso que solo el día de su inauguración fue blanco y que hoy raya en una grisácea limpieza, forzada por estándares que cumplir.


En la mayoría de los casos el medicamento falta; los médicos también. El Diclofenaco y Keterolaco cargado de buenas intensiones se surte de izquierda a derecha, de consultorio en consultorio. La esperanza se nutre de pequeños paliativos que con mucha fe se trasforman en auténticos milagros.


Y a pesar de esta grisácea limpieza, de esas paredes hechizas, de esas filas interminables y esa escasez de sillas existe la oportunidad para sonreír. Entre esa ingeniería social que resultó en un edificio gigantesco, monumento inequívoco de un Estado que no logró ser lo que pretendía, se respira también la esperanza, la lucha por sobrevivir de quienes teniendo poco, o casi nada, buscan salir y continuar. En esos pasillos donde existe poco medicamento y pocos médicos preparados existe también aquellos que con una mirada pueden curar. Testimonios de fortaleza y superación aun a costa de las carencias de una institución endeudada por incompetencias gubernamentales, afloran en ese gigantesco lugar. Testimonios de vida en un México que parece ya no tenerla.


Así se sale, por esa misma puerta de vidrio. Las diferencias son pocas y consisten principalmente en la posición del sol: entraste con la luz del día, sales con el ocaso en la retina. Un sol que se mete y que guarda las esperanzas en lo más profundo de quienes salen, buscando el camino de regreso a casa. Allá esta la puerta de vidrio, aquella puerta que seguramente mañana recibirá mucha gente con su esperanza acuestas, con una difícil realidad por sanar.

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