Ha comenzado a llover en la Ciudad…El aire mueve deliciosas oleadas de un fresco que huele a tierra, a plantas y a cemento. Siempre he creído que, así como los copos de nieve jamás se parecen entre sí, tampoco la lluvia cae igual en un sitio que en otro. La del monte es diferente a la de las azoteas, pienso. La del sur no tiene nada que ver con la del occidente. De allí que esta lluvia, y cada lluvia, tenga un toque especial para mí.
Cuando era niño, la lluvia era una bendición. Me pasaba horas mirando por la ventana cómo arrastraba piedritas del techo y las depositaba, sobre la banqueta. Me gustaba cuando se inundaba la ciudad, porque entonces uno tenía justificación para andar con el agua puerca a la cintura, chapoteando mugre democráticamente e inventando juegos de peces gigantes que son posibles sólo una vez al año, si se vive en el desierto.
Quizá porque soy del desierto me gusta tanto la lluvia. Cada vez que la veo venir-como dice la canción-me agarra “de sorpresa” y me da un chapuzón. Van 10 días lluviosos; llevo cuatro remojones.
Cada lluvia, creo, tiene su personalidad. La lluvia que cae en el norte es una pelirroja impaciente; la del occidente, bonachona y maternal; la del Distrito Federal es hermosa y calculadora. Y cada una es diferente de la otra; la de Chihuahua, la de Yucatán, la de Tijuana o la de San Luis. Ninguna es igual.
Sé de pocas mujeres que parecen lluvia. Cuando me cruzo con ellas, les digo que las entiendo. Las mujeres-lluvia son tristes y enamoradizas, arrastran las culpas en camiones. Pierden: el amor las maltrata.
Y si se llegan a alegrar ¡uy!, caen tormentas largas y estruendosas, como trompetas anunciando el Armagedón. No lo cuentan; lo expresan en silencio. A una mujer lluvia no se le conoce llanto, por ejemplo; pero se sabe que se encierra para llorar cascadas, ríos, trombas y huracanes que después vemos en el noticiero.
Cuando era niño, la lluvia era una bendición. Me pasaba horas mirando por la ventana cómo arrastraba piedritas del techo y las depositaba, sobre la banqueta. Me gustaba cuando se inundaba la ciudad, porque entonces uno tenía justificación para andar con el agua puerca a la cintura, chapoteando mugre democráticamente e inventando juegos de peces gigantes que son posibles sólo una vez al año, si se vive en el desierto.
Quizá porque soy del desierto me gusta tanto la lluvia. Cada vez que la veo venir-como dice la canción-me agarra “de sorpresa” y me da un chapuzón. Van 10 días lluviosos; llevo cuatro remojones.
Cada lluvia, creo, tiene su personalidad. La lluvia que cae en el norte es una pelirroja impaciente; la del occidente, bonachona y maternal; la del Distrito Federal es hermosa y calculadora. Y cada una es diferente de la otra; la de Chihuahua, la de Yucatán, la de Tijuana o la de San Luis. Ninguna es igual.
Sé de pocas mujeres que parecen lluvia. Cuando me cruzo con ellas, les digo que las entiendo. Las mujeres-lluvia son tristes y enamoradizas, arrastran las culpas en camiones. Pierden: el amor las maltrata.
Y si se llegan a alegrar ¡uy!, caen tormentas largas y estruendosas, como trompetas anunciando el Armagedón. No lo cuentan; lo expresan en silencio. A una mujer lluvia no se le conoce llanto, por ejemplo; pero se sabe que se encierra para llorar cascadas, ríos, trombas y huracanes que después vemos en el noticiero.
Alejandro Páez Varela
Paracaídas que no abre/ Almadía.

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